| El Caso de Bolillo |
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| Opinión |
| Lunes 19 de Diciembre de 2011 16:08 |
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YO no soy YO Por Fernando Estrada
La escena de Caracol Televisión con el caso de Hernán Darío Gómez expone, además, residuos de un catolicismo oscurantista, compartido por una mayoría de creyentes (no ciudadanos); apelando al arrepentimiento, hemos dejado que los victimarios terminen siendo víctimas.
Entre la confesión pública del "Bolillo" Gómez y las reacciones de la audiencia, existe algo más que espejismo. Caracol Televisión a nombre de los medios se ofrece como sacerdote que intercede por el pecador arrepentido y su culpa. Dentro del nuevo teatro para exhibir las penas en público, la confesión pierde todo su carácter sacramental, privado. El ritual de expiación se toma el horario de mayor audiencia, como quiera que la cultura Kitsch necesita alentar mayor levedad de las faltas cometidas por el pecador. Asistimos embelesados al desnudo emocional del penitente arrepentido. Como un medioevo posmoderno. Lloramos con la criatura compartiendo su yo dividido: “Yo no soy ese”, afirmaba Hernán Darío Gómez. En lenguaje metapsicológico significa: “Yo no soy yo, sino un yo desdoblado”.
Este drama contiene, sin embargo, algo más de espejismo. El "Bolillo" afirmaba que, dados sus problemas de salud y la presión psicológica, la noche de la golpiza a la mujer X, había tomado pastillas que mezclaba con licor. De modo que la combinación provocó efectos sobre su memoria. Cuando apaleó a la mujer X, el "Bolillo" no era el "Bolillo", sino otro ser. Un sujeto que el mismo "Bolillo" desconoce (como lo explica la demonología en casos de posesión); el lenguaje religioso es fundamental. Situado en el extrañamiento consigo mismo, el primer Yo ha perdido su estado consciente, dando entrada a otro Yo (un demonio) que fue responsable directo de la paliza a la mujer de la historia.
En la confesión ante María Lucía Fernández (sacerdotisa), el pecador llora, en otros momentos sonríe. El primer Yo se muestra pausado, entrado en confianza fraternal, analiza las eliminatorias, pondera posibles técnicos, se elogia a sí mismo, acusa a sus detractores y, de nuevo, vuelve a llorar, secando sus lágrimas con la yema de los dedos. Todo es simbólico. El medio, las cámaras, la ampliación del lente, las lágrimas y el rojo de los párpados. Ese otro Yo requiere exorcismo, de modo que la confesión permita exponerlo ante los ojos de los televidentes. Es como si el pecador llamara a sus hermanos (detrás de las cámaras). Todos. ¡A las armas contra el Yo del maleficio!
La cura del pecador depende del exorcismo compartido. Por esto ampliar al máximo el acto de arrepentimiento es asunto de medios y periodistas. Caracol Televisión reitera las imágenes del primer Yo en toda su programación de la noche. RCN no se puede quedar atrás. Darío Arizmendi, abre 6 AM del día siguiente con notas sobre el acto de aflicción. Los noticieros realizan encuestas del día con el tema. Colombia padece una calamidad incomparable en materia de inundaciones y tragedias por el desbordamiento de los ríos. Nada, sin embargo, es más importante que la confesión del "Bolillo" Gómez. O mejor, nada supera el acto de arrepentimiento con sus rituales de expiación. Porque, después de todo, lo quieren todos los medios, periodistas y camarógrafos. Aunque el pecador lo niega: “Yo amo a mis técnicos nacionales”. Es decir: “Yo me amo a yo mismo”.
La otra cara de la historia es oscura. No tiene reflectores de televisión ni televidentes; no conjuga las pinturas de la apariencia ni tiene simbología religiosa; es secular, moderna, rigurosa y con menos metáforas muertas. Hernán Darío Gómez ha cometido una agresión pública, siendo él una figura pública. La identidad de quien golpeó a la mujer X, y quien estuvo ante las cámaras, es una y la misma. Tanto desde el punto de vista moral, como desde la perspectiva jurídica. Es decir, ante el conjunto de testimonios, hechos y datos de lo sucedido, la persona que actuaba era el primer Yo. En realidad, el mismo Yo, dentro de una historia completa, que lo hace responsable de sus faltas.
¿Qué sucede con la memoria del bohemio drogado? ¿Pueden haberse dado acciones sin plena consciencia? ¿Memoria y olvido? Por momentos, el "Bolillo" habla de la mujer maltratada como si no la conociera. La conozco, claro, pero no la conozco. En realidad, en la reconstrucción de hechos y acciones no tenemos todos los elementos. Pero los que se narran parecen suficientes. Minutos después de la paliza a la mujer, el "Bolillo" desaparece con su víctima, toman un taxi, él reacciona con plena racionalidad. Luego, reconstruye ex post la historia; pero tiene cuidado de mantener la crudeza de los hechos dentro del orden religioso antes comentado. La historia posterior adquiere matices del Antiguo Testamento con toques del Nuevo Testamento.
La neuropsicología ha demostrado en estudios experimentales cómo las personas afrontan hechos de su pasado, modificando sus aspectos más dolorosos. La memoria narrada puede oscurecer aquellos hechos que comprometen la responsabilidad directa, y dejarlos bajo la sombra; mientras subraya con énfasis detalles que permitan el olvido. Aquellos fenómenos tan reconocidos en las novelas de Milán Kundera, las luchas de la memoria y el olvido. Como quiera que el caso de Hernán Darío Gómez tiene su aspecto político. El drama pierde intensidad mientras pueda mantenerse en el espejismo. La lucha del "Bolillo", en verdad, es el deseo de conservar la mitología heroica del buen hombre, buen esposo, buen padre, buen técnico de la selección. Conservar al héroe, excluyendo al villano.
Una mujer, en representación de las cientos de mujeres maltratadas en Colombia, afirmaba, por el contrario, la identidad moderna. El señor Hernán Darío Gómez ha cometido una falta y la sociedad espera que se haga responsable. Esta es la clave del asunto. Los rituales del pecador arrepentido, que llora ante las cámaras, que se muestra zalamero con quien le entrevista (sacerdotisa); que busca exorcizar ese otro Yo (demoníaco); es decir, todo el montaje teatral constituye una farsa que desmienten los hechos. Rigurosamente, los daños causados contra un ser humano indefenso, deben someterse por igual a las leyes y las normas que comparte la sociedad. Más aún, los mínimos de las normas morales implícitas en el caso, sugieren que mientras mayor sea la posición pública de quienes representan a la sociedad, mayor su grado de responsabilidad.
La escena de Caracol Televisión con el caso de Hernán Darío Gómez expone, además, residuos de un catolicismo oscurantista, compartido por una mayoría de creyentes (no ciudadanos); apelando al arrepentimiento, hemos dejado que los victimarios terminen siendo víctimas. De modo que sea fácil trasladar las faltas entre unos y otros, hasta que todos seamos culpables. Muchos lloraban cuando el "Bolillo" lloraba. Nos movemos en un dominio lejos de los derechos de ciudadanía moderna, lejos de las sociedades que desde los siglos XVII y XVIII abrieron espacio a la ética del reconocimiento. O mejor, un mundo de la dignidad de los individuos iguales ante la ley.
Fernando Estrada Twitter: @festrada03 E-mail: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla |








