Ostracismo PDF Imprimir Correo electrónico
Política
Jueves 08 de Septiembre de 2011 14:30

 

Por Teresa Consuelo Cardona G.

El abuso de poder es un comportamiento indeseable, desde la antigua Grecia, que aparece registrado como un delito en la mayoría de las legislaciones del mundo. Sin embargo, rechazarlo y castigarlo implica que exista una sociedad con principios éticos que permitan la identificación de esa conducta pícara y su rechazo automático.
No sé cuándo cambió el significado de la palabra ostracismo que, según he escuchado con frecuencia, se interpreta como silencio forzado. No hay tal. El ostracismo tiene más que ver con la alharaca. En la antigua Atenas, y en otras ciudades de Grecia, cuna de la democracia o por lo menos, en donde se hicieron los primeros experimentos de este sistema de gobierno, el ostracismo era una práctica común, como las elecciones actuales, pero se realizaba anualmente.
Unos 510 años antes de Cristo, los griegos usaban vasijas elaboradas mediante la cocción de tierra, a las que llamaban cerámicas. Se trataba de recipientes de todos los tamaños, algunos muy grandes que se usaban para transportar el aceite de oliva y los vinos. Dado que era un material frágil y que su porosidad los hacía desechables, se rompían y tiraban en el barrio de los alfareros, donde se cambiaban por unos nuevos. El barrio quedaba a un lado del Ágora, la gran plaza abierta a todos los ciudadanos, en la que se discutían y decidían los asuntos políticos, sociales y también los comerciales. Allí, los atenienses tenían el derecho de usar los residuos de las vasijas de cerámica rotas, que quedaban tiradas en un punto específico, para poner en ellos los nombres de las personas que consideraban indeseables. Como los trozos de cerámica mantenían la curvatura de las vasijas a las que pertenecieron, a los griegos se les ocurrió llamarlos ostras. Las ostras se iban acumulando en un rincón, y contenían los nombres de ciudadanos cuyos comportamientos, según sus propios vecinos, los hacía personas peligrosas para el mantenimiento y fortalecimiento del bien común.
La asamblea del pueblo se reunía una vez por mes. Se trataba de una reunión pública, con asistencia multitudinaria, hecha en el Ágora, a la cual era un deber asistir si eras ciudadano. Es decir, hombre, mayor de 20 años, no militar y libre. Allí, se encargaban, entre otras importantes tareas, de juzgar delitos y crímenes políticos.
En las ostras los ciudadanos escribían libremente los nombres de personajes fraudulentos, muy especialmente, los de los políticos que abusaban del poder y de los residentes en general con personalidades temibles, que solían apoyarse en la gran riqueza o en las fuerzas de un partido numeroso para atropellar o engañar a los demás. Aunque, es claro que la mayoría de los señalados intentaban más lo primero que lo segundo. Engañar a los atenienses era bastante difícil porque era un pueblo preparado en la política, en la participación ciudadana y en los deberes y derechos.
Como Atenas tenía unos 9 mil habitantes en el siglo VI antes de Cristo, se requerían 6 mil votos (ostras) para poder condenar a alguien. No era una tarea fácil conseguir la coincidencia de dos tercios de los ciudadanos, a pesar de lo cual, los condenados no fueron pocos. Y la condena era tan temible como los condenados: El aludido con la sanción tenía 10 días para abandonar la ciudad y debía permanecer fuera de ella por 10 años. ¡El destierro era el peor castigo! Y parece que lo sigue siendo a juzgar por la cantidad de "casa por cárcel" que se aplica en este país a los delincuentes de cuello blanco y a los padres de la patria caídos en desgracia por cuenta de sus propias barrabasadas y delitos. Debe ser que nosotros no somos tan desalmados como los griegos. Tampoco tan juiciosos en la frecuencia, la cabalidad, ni la perfección con que juzgamos a quienes abusan del poder.
Y tal vez es porque con dificultad reconocemos los abusos. Y todavía más laborioso es distinguir los abusos de poder. En realidad estamos rodeados de poderosos que, sin embargo, son abstractos y difíciles de describir, aunque los une el hecho de que evidentemente pueden hacer caer la balanza decisivamente sobre la realidad de otros. En ese contexto abundan los micro poderes, capaces de influenciar con pequeñas descargas, múltiples realidades. Hasta ahí todo parece normal, aunque con un leve tufillo a frustración e impotencia. Sin embargo, cuando alguien sabe que puede imponer su voluntad debido a superioridades basadas en la fuerza, el conocimiento, la habilidad mental, la posición social, el uso o tenencia de la tecnología, la riqueza, los armamentos, los cargos públicos o privados, y lo hace para causar daño o explotar a otros, satisfaciendo intereses personales o grupales, está ejerciendo abusivamente el poder. Esto va desde el simple embuste de la secretaria del jefe acostumbrada a manipular la información en favor de quienes le resultan agradables o benéficos, hasta las enormes maniobras realizadas por los corruptos para quedarse con los recursos del erario público, para cambiar la Constitución o para promover el provecho ventajoso de, por ejemplo, las EPS.
Constituye abuso de poder el uso indebido de micrófono para promocionar publicitariamente algo bajo la investidura periodística. También lo es el uso excesivo de la violencia por parte de los cuerpos de seguridad del Estado que ha enlutado al país con los falsos positivos. Y qué decir de la entrega de tierras de campesinos desplazados a los amigos del colegio de algún ministro de los tiempos del AIS.
El abuso de poder es un comportamiento indeseable, desde la antigua Grecia, que aparece registrado como un delito en la mayoría de las legislaciones del mundo. Sin embargo, rechazarlo y castigarlo implica que exista una sociedad con principios éticos que permitan la identificación de esa conducta pícara y su rechazo automático por considerar que no encaja en su sistema de valores de la moralidad humana. Nadie esperaría que la sociedad adopte como suyo un principio ético del que no conoce su existencia. Por eso la tarea es visibilizar los abusos de poder y empezar por darles el castigo moral que merecen quienes los cometen. Hay que promover el "tiranicidio" moral de los gobernantes para evitar el despotismo. Habría que ir recogiendo ostras de cerámica, muchas ostras y usarlas al menos una vez cada cuatro años.
 
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