El mayor triunfo del cine nacional se 'cocinó' durante 8 años PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Radio Palmira   
Domingo 31 de Mayo de 2015 13:48

La muerte de su mamá inspiró el guion de 'La tierra y la sombra', película galardonada en Cannes.

César Acevedo (d) y Mateo Guzmán, encargado de la fotografía.

Vastos y fragantes laberintos de caña sobre una planicie ardiendo bajo el sol del Valle del Cauca. Con esa escena, repasada decenas de veces desde la ventana de un viejo automóvil que conducía su papá, creció César Augusto Acevedo, el cineasta colombiano más famoso del momento.

El ganador de la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el prestigioso Festival de Cannes, por su película La tierra y la sombra, era un niño cuando esa extensa comarca de hojas afiladas y tallo dulce, dividida por la carretera, se le quedó grabada en la memoria. 

No eran tiempos fáciles. La separación de sus padres, cuando él tenía apenas 10 años, lo mantenía con un vacío en el corazón. Pero el gran dolor de su vida llegó una década después, con la muerte de su mamá. Un cáncer le arrebató a doña Alba Lucía García, su inseparable amiga. A diferencia de él, Carolina y Felipe, sus dos hermanos mayores, ya no vivían en la casa del barrio La Flora, en el norte de Cali, donde los tres crecieron.

La tristeza de César, bachiller del Liceo Juan XXIII, quedó plasmada en un guion cinematográfico que el caleño escribió –con la ayuda del documentalista Óscar Campo– cuando terminaba la carrera de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad del Valle, donde se perfiló como un cinéfilo, tímido y sensible, como lo fue desde la infancia. La historia, sobre el regreso a sus raíces de un padre dedicado a sembrar caña, 17 años después de no ver a su hijo enfermo, se llamó en un comienzo La sombra de los aguacates.

El padre fantasma

“Mi madre acababa de morir y dije que mi padre (Hernando Acevedo) era como un fantasma, porque no lo veía mucho –cuenta César desde su apartamento, en el barrio La Macarena, de Bogotá, donde vive con Amelia, su gata–. Él estaba en Medellín con mi hermano. Yo tenía la imposibilidad de generar recuerdos.La película surgió de la necesidad de recuperar a las personas más importantes de mi vida, valiéndome del lenguaje cinematográfico. Lo que pretendía en ese momento era reflexionar, desde lo más íntimo, acerca de lo que fueron nuestras vidas juntos y lo que podrían haber sido, pues creía que solo volviendo a mis orígenes podría hacerle frente al olvido”.

Aunque el guion recibió todos los elogios de sus profesores, al punto de llegar a convertirse en una tesis de grado laureada, Acevedo no se sentía satisfecho. Por eso, siguió escribiendo y afinando la carga emocional de sus personajes: Alfonso, el cañicultor que busca recuperar su pasado, y su familia, una madre y su hijo que se resisten a que el progreso los saque de su rústica casa, en medio de un cañaduzal del corregimiento El Tiple, en Candelaria, y los convierta en desplazados. “Quise hablar un poco de esos problemas, de la invisibilidad de estas personas a los ojos de la historia, del progreso. Quise hablar de mis orígenes”, comenta el realizador, que trabajó sobre el guion durante ocho de sus 28 años.

Mientras tocaba puertas en Cali para que su historia llegara a la pantalla, Acevedo se ganaba la vida como luminotécnico en cortometrajes y documentales. A veces trabajaba gratis, solo por la experiencia. Fue coguionista de Los hongos y asistente de producción de El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, uno de sus mejores amigos junto con William Vega, el director de La sirga.

El dinero para la producción empezó a llegar en el 2009, cuando el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico Colombiano premió su guion con 5.000 dólares (el rodaje de una película no baja de 1.000 millones de pesos, cerca de 400.000 dólares, según el documentalista Campo).

Decidido a conseguir más dinero, el caleño viajó en el 2012 a Bogotá, donde vive Paola Pérez, su compañera en la Universidad del Valle y cofundadora de la productora Burning Blue. A pesar de su ayuda, cuenta él, “hubo días en los que no tenía ni para comer”.(En video: La tierra y la sombra)

Al comienzo, la capital fue fría para él y su proyecto. Hasta que al año siguiente empezó a ganar nuevas distinciones, como las del Festival Internacional de Cine de Cartagena y el Hubert Bals Fund, de Róterdam (Holanda), en el que su historia consiguió un premio de desarrollo de 9.000 euros (unos 25 millones de pesos). Mientras tanto, su equipo de producción, incluida su amiga Paola, planeaba el rodaje y buscaba financiación de Holanda, Francia, Brasil y Chile.

El año pasado, cuando todo estuvo listo para empezar a rodar (en El Tiple y Villagorgona), comenzaron dos meses de casting a talentos vallecaucanos. En el teatro Los Cristales, de Cali, encontraron tras bambalinas a quien encarnaría a Alfonso. Se trata de Háimer Leal, dedicado a oficios varios, que no incluían la actuación. La brasileña Fátima Toledo, especializada en la preparación de actores naturales, tardó cinco semanas en poner a punto a Leal y a Hilda Ruiz, Édison Raigosa, Marleyda Soto y Felipe Cárdenas, los otros protagonistas. El anhelado rodaje tuvo lugar entre septiembre y octubre del 2014, y la edición se llevó a cabo en Bogotá y México.

El resto ya es historia. 'La tierra y la sombra', esa obra que nació del dolor de un estudiante de periodismo y que alguna vez se llamó La sombra de los aguacates, es hoy la película con el premio internacional más importante de los muchos que ha recibido la cinematografía nacional.

Tal vez ahora no tengan que pasar tantos meses para que Acevedo consiga trabajo en el medio audiovisual ni tanta brega para poder pagar sus gastos en Bogotá. De todos modos, no está buscando empleo, pues necesita tiempo para la promoción de la película. “Si se tiene un sueño, hay que perseverar y tener disciplina”, concluye.

No sabe cuándo regresará a Cali, pues aún no ve las condiciones propicias. “Pero extraño mi tierra –admite–, el sabor de la comida del Pacífico, las marranitas”. Y, claro, la caña, “la que veía cuando mi padre recorría conmigo los cañaduzales y él veía su casa, su escuela; yo veía caña de azúcar”.

 
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